Aquel día, el cementerio estaba casi vacío. Solo el viento se movía entre los altos robles, arrastrando consigo el aroma de tierra húmeda y flores marchitas.
Al fondo, junto a una hilera de modestas lápidas, una joven mujer estaba sentada sobre el césped frío, abrazando contra su pecho a un bebé de ocho meses. Su vestido negro estaba arrugado, sus ojos enrojecidos por una noche sin dormir. Las lágrimas caían en silencio sobre la tierra frente a una lápida de granito que decía: “Daniel Brooks, 1988–2023, Amado Hijo”.
“Lo siento”, susurraba mientras mecía al bebé. “No sabía a dónde más ir.”
De pronto se escuchó el sonido de pasos. Una mujer se detuvo a pocos metros, con un abrigo gris abotonado hasta arriba, a pesar de que la tarde era templada. Tenía unos sesenta años, y su rostro llevaba grabada una tristeza antigua que nunca se había ido del todo.
Su mirada pasó de la joven al bebé, y luego a la lápida.
“Disculpa”, dijo con voz temblorosa. “¿Quién eres tú… y por qué lloras junto a la tumba de mi hijo?”
La joven se quedó paralizada. Se puso de pie rápidamente, apretando al bebé contra sí, como si temiera que alguien fuera a quitárselo.
“Lo siento mucho”, dijo apresurada. “No quería molestar a nadie. Ya me voy.”
Pero en ese instante, la mirada de la mujer mayor se detuvo en el rostro del bebé. Los mismos ojos. La misma forma. El mismo gris profundo que los de su hijo.
Se le cortó la respiración.
“Espera”, dijo con voz repentinamente quebrada. “¿Qué dijiste que era tu nombre?”
La joven guardó silencio un momento.
“No lo dije”, respondió.
Y entonces dijo algo que hizo que el mundo pareciera inclinarse…
(La continuación de esta historia, en nuestra próxima publicación)